Simple Minds : Néapolis

Néapolis, o la historia de cómo revolcarse en el fondo del abismo.
A mediados de la década de los 80, mientras Ronald Reagan se divertía jugando a la “Guerra de las galaxias” con su homólogo ruso, los escoceses SIMPLE MINDS triunfaban en el mundo del comercio musical, vendian millones de discos y llenaban los estadios de todo el mundo.
Cabe decir que para entonces Simple Minds era ya un grupo de largo recorrido, llevaba desde 1979 en el negocio de la música y había publicado hasta la fecha 6 trabajos de estudio. Poco a poco, y tras muchos años de trabajo, su evolución creativa los llevó hasta esa fructífera y corta época creativa que se extendió desde 1984 a 1988, años en los que publicaron los aclamados (y comerciales) Sparkles in the Rain (1984), Once Upon a Time (1985) y uno de los mejores trabajos en directo que he tenido el honor de escuchar: Live at the city of Light (1987).
Pero este éxito tan imediado y descontrolado consiguió pasar factura a este cuarteto escocés, el cual tras convertirse en un monstruo musical en los 80 fue desapareciendo y diluyéndose según avanzaba la década de los 90 hasta convertirse en un mero Golem con pies y piernas de húmedo barro.
El inicio de la nueva década supuso que Simple Minds se mantuviesen con el notable Street Fighting Years (1990), un trabajo que continuaba con la línea Pop de sus éxitos anteriores y que sirvió como punto de inflexión crativa. Tras este trabajo, Simple Minds empezó a desintegrarse debido a varias bajas entre sus filas (lo que mermó la capacidad creativa del grupo) hasta caer definitivamente con el monótono Good News The Next World. Durante estos años, el proceso de envejecimiento y pérdida de lucidez se hizo tan evidente que el grupo, atrapado en un callejón sin salida, intentó lo que U2 ya había echo 7 años antes: reinventarse a si mismos. Para ello se aliaron con uno de sus primeros productores (Peter Walsh) el cual había marcado un punto de inflexión en la carrera del grupo con new Gold Dream (1982), y crearon una de las peores obras musicales que tengo el honor de contar en mi extensa colección. Sras y señores esa pedante obra musical, publicada en 1998, responde al nombre de Néapolis.
Este horripilante trabajo es el claro ejemplo de la decadencia personificada y musicada, un vago ejercicio de involución de la creatividad como grupo, un grito desesperado de ayuda o la necesidad de agarrarse a un clavo ardiendo para no desaparecer en la marisma de los aquellos que fueron grandes y hoy son anónimos desaparecidos. Y es que cuando uno escucha este trabajo, se da cuenta del giro que Simple Minds intentó dar a su estancado sonido para llevarlo al pop electrónico de sus primeros trabajos, pero con muy poca efectividad. En Neápolis queda patente que la creatividad del grupo se encontraba en sus horas más bajas y no sólo por la escasez de pistas (9) sino también por la sensación de estar escuchando canciones a medio acabar, por lo cual se edulcoraron con una buena producción para disimular una carencia tan evidente.
Con el paso de los años Néapolis es todavía peor que cuando lo escuché por primera vez, pero he de agradecerle que gracias a él Simple Minds tocasen fondo (por fin, ya que la caída duraba demasiado) e intentasen salir de él.
¿Lo consiguieron? Si... pero eso es ya otra historia.
Nota: 2 (sobre 10)



